Marcus Wright, economista jefe de RBS, publicó hace pocas semanas una presentación de apenas 15 diapositivas absolutamente demoledora sobre China.
Su tesis principal es que la segunda economía del planeta está próxima a un “Hard Landing” (aterrizaje duro), y que más nos vale prepararnos para las consecuencias a nivel mundial de dicha posibilidad (algo que, por cierto, los principales socios comerciales del gigante asiático, como Corea del Sur, están comenzando a sentir ya en carne propia, como prueban los últimos datos de comercio exterior).
En su opinión, las cifras de crecimiento publicadas por sus autoridades son falsas: están más cerca del 3 al 4% que del 7% oficial; el tan necesario rebalanceo desde la inversión al consumo no se está produciendo al ritmo que sería conveniente: la primera sigue siendo crucial, y el exceso de capacidad va a pesar sobre sus posibilidades de contribuir al desarrollo futuro del país. Todos los indicadores de actividad industrial e infraestructuras de China, como el consumo eléctrico, el de cemento o el de acero se están colapsando; los precios de producción están en sus mínimos. Esto, unido a la debilidad de su divisa, traerá vientos desinflacionarios al conjunto del planeta invalidando la acción de los bancos centrales; y, por si fuera poco, surgió en los últimos años un problema adicional inexistente con anterioridad: el aumento disparatado del endeudamiento público y privado. Aunque la demanda de crédito bancario, pese a la significativa caída de los tipos de interés, se redujo salvajemente en los últimos dos años, se vio compensada con creces por el aumento de las emisiones de bonos, que “en muchos casos supone poner dinero bueno sobre malo y solo sirve para refinanciar las deudas ya existentes”, dicho textual de Wright.
Unan a todo eso a la, desde su punto de vista, reactiva, descoordinada y errática política monetaria y fiscal china de sus dirigentes, y las condiciones para el desastre están servidas. Su empeño por poner freno a los mercados, terreno que ellos mismos se encargaron de abonar, está chocando con la imposibilidad de lograr aperturas y a la vez ejercer control. Una ecuación de difícil solución intermedia.
¿Está todo perdido? No, a juicio del autor.
Si China liberalizara su economía real y financiera, por una parte, saneara la banca, por otra, y, finalmente, acometiera las reformas necesarias, podría evitar el repetir una situación similar a la vivida por otras naciones con exceso de inversión y deuda en el pasado, caso de Japón. No hace falta que les recuerde la dura travesía que tuvo que pasar el país del Sol Naciente en las últimas dos décadas y media.
Sin embargo, las probabilidades que se asignan a tal posibilidad son casi nulas, lo que tendrá tremendas consecuencias en términos de crecimiento, comercio internacional, precios, tipos de interés y comportamiento de los distintos activos financieros. Casi nada. Está comprobado que, a día de hoy, cuando China estornuda, el mundo se constipa.
Suele ser una tradición que el club de los agoreros vaya incorporando nuevos miembros en la medida en que los peores pronósticos se cumplen. El RBS no es una excepción. Sin embargo, la claridad con la que expone sus ideas y la convicción con que sus economistas las defienden deben ser tenidas en cuenta.
Fuente: El Confidencial



















