Los acuerdos de libre comercio como el TPP, la Alianza del Pacífico y el TTIP dan acceso a nuevos mercados, pero no es sinónimo de mayores exportaciones. “Se debe contar con competencias, productividad, capacidad e inversiones en ciencia y tecnología que den valor agregado a nuestros productos”, advirtió el secretario general de la organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), José Ángel Gurría.
Es cierto que en el TPP faltan varias naciones, en especial China, país que mira con recelo este acuerdo impulsado por EE.UU. en su espacio vital. De hecho, Michael Froman, líder del equipo negociador norteamericano, resaltó que la alianza busca escribir las reglas del comercio internacional en Asia a fin de evitar que otros, como China, lo hagan en su lugar. El TPP, que ahora deberá ser ratificado por los firmantes, no solo es un acuerdo que elimina obstáculos comerciales, sino un paquete exhaustivo que regula cuestiones como la propiedad intelectual, el cuidado al medioambiente y las relaciones laborales, entre otros. Asimismo, esta clase de asociaciones constituyen un instrumento comercial, y también político. No solo se están modificando los aranceles de 12 países, también se mueven las fichas en el tablero de la geopolítica.
La teoría de los beneficios globales del libre comercio se basa en la idea de las “ventajas comparativas” de producción. Este concepto apunta a las industrias en las que un país debería especializarse para que el intercambio sea provechoso.
Pero el economista argentino Raúl Prebisch demostró que esto no es necesariamente algo positivo para las economías en desarrollo.
A grosso modo, la teoría Prebisch-Singer señala que las economías especializadas en agricultura y materias primas a largo plazo no serán prósperas porque estas industrias generan mucho menos riqueza que los productos manufacturados, y/o que requieren un especial desarrollo tecnológico.
El TPP es una cuerdo de libre comercio reformula el intercambio comercial mundial de acuerdo con los intereses de los países desarrollados, en especial de EE.UU. y de sus corporaciones transnacionales.
Los tratados de libre comercio que se discuten en la actualidad, el TPP, el Tratado de Servicios TISA, en el cual participan más de 50 Estados, y el acuerdo de libre comercio entre EE.UU. y la Unión Europea TTIP, «son para salirse de los marcos de la OMC, donde hay casi 190 países y todos pesan por igual», dijo Gonzalo Rodríguez Gigena, ex embajador de Uruguay ante ALADI y Mercosur y ex Jefe de Gabinete del Alto Representante General del Mercosur. Por eso, «el multilateralismo está totalmente paralizado y a nivel de la OMC solo se hacen cosas marginales».
El TPP «extiende los términos de propiedad intelectual a 70 años después de la muerte del autor, beneficiando la transferencia de riqueza de los usuarios a las grandes corporaciones».
«La extensión hará la vida más difícil para librerías y archivos, periodistas y usuarios comunes que busquen usar trabajos de autores fallecidos que deben pertenecer al dominio público».
Una de las partes que más asusta, «es que ahora no solo se puede ser condenado a pagar multas o penas, sino que todos los materiales usados en la creación de las copias pueden ser destruidos».
Por ejemplo, se penalizaría a quienes «tengan acceso no autorizado a un secreto comercial en una computadora», aún si éste se divulgara para interés público, como la actividad periodística.
La doctora Deborah Gleeson, de la Escuela de Psicología y Salud Publica de la Universidad La Trobe de Australia, opina que el capítulo sobre propiedad intelectual del TPP «es un desastre para la salud global», porque «es la primera vez que se hace una provisión de exclusividad de mercado para productos biológicos en un tratado de comercio», lo cual provocará un «aplazamiento de la competencia», «y un retraso en la posibilidad de conseguir medicinas accesibles, colocándolos fuera del alcance de muchas personas en los países en desarrollo».
Con el libre comercio del TPP, las grandes farmacéuticas cementan «los estándares de propiedad intelectual frenando el acceso a medicinas para 800 millones de personas», lo cual puede provocar un «desastre para la salud global de proporciones inimaginables».
Uno de los temas más preocupantes es el mecanismo de regulación de disputas (ISDS). El Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz advirtió, a principios de octubre, que «los inversores extranjeros ganan nuevos derechos para demandar a los gobiernos al imponer arbitrajes privados contra regulaciones que disminuyan sus ganancias». Además, la obligación de compensar a los inversores por pérdidas de ganancias «puede ser aplicada aun cuando las reglas no sean discriminatorias y las ganancias sean hechas causando daño público», agrega, y pone el ejemplo de la demanda de Philip Morris contra Uruguay, que obligó a la empresa a colocar avisos contra el cáncer en las cajas de cigarrillos. Por estas razones, Stiglitz considera que el TPP «no trata de libre comercio»: es «para manejar el comercio y las inversiones de los miembros, a nombre de los lobbies de negocios más poderosos de los países».



















