Si no fuera por el transfondo trágico, la pérdida de un detector de aguas profundas en la búsqueda de los restos del vuelo de Malaysia Airlines MH370 sería algo divertido para la seguridad aérea. Ahora los buscadores deben buscar su máquina de buscar que, se cree, se encuentran a 4,5 kilómetros de profundidad en el suelo del Océano Índico.
El equipo australiano encargado del funcionamiento del dispositivo, dice que chocó con un volcán que se eleva a más de dos kilómetros del fondo del mar. Cabe preguntarse cómo una sofisticada pieza como la de este equipo, capaz de detectar pedazos de escombros relativamente pequeños, pudo chocar contra algo tan grande como este volcán. Pero estamos, probablemente, siendo injustos.
La continua búsqueda del MH370, que desapareció hace casi dos años con 239 pasajeros y la tripulación en un vuelo desde Kuala Lumpur a Beijing, es totalmente razonable y profundamente admirable. No es simplemente la necesidad de darle un cierre a los miles de afligidos parientes y amigos de las víctimas lo que hace a esta operación tan importante. También existe la necesidad de que la industria de la aviación comprenda precisamente lo que salió mal. Si se trataba efectivamente de un piloto que se volvió loco, entonces las lecciones tienen que ser aprendidas para evitar que tal tragedia suceda otra vez.
Para evitar más preocupaciones en cuanto a la seguridad aérea, por lo menos que los dispositivos de seguimiento imposibles de desactivarse desde a bordo sean instalados en todos los aviones.
Casi exactamente un año más tarde, el joven copiloto de un avión de German Wings deliberadamente voló contra una
montaña matando a todos las 150 personas a bordo. Ahora está claro que el piloto fue dejado fuera de la cabina por su ayudante, quien cerró la puerta de la misma y no pudo volver a ingresar a la cabina para evitar este acto de asesinato masivo, un grave fallo en la seguridad del vuelo. Las aerolíneas ya están efectuando ajustes a las proyecciones psicológicas que se efectúan a los pilotos y muchas introdujeron pruebas obligatorias de drogas.
La cuestión con el MH360 y el vuelo 4U 9525 de German Wings, es que la seguridad aérea es lo más importante para la industria de las aerolíneas. De hecho, a pesar de que los accidentes de una sola aeronave implican una significativa pérdida de vidas, incluso teniendo en cuenta las personas que puedan perderse en tierra por el accidente, calculado en “pasajeros por milla”, el transporte aéreo sigue siendo la forma más segura de transporte.
Además del tiempo y los inconvenientes de los viajes por carreteras, en la mayoría de los casos, nadie desea conducir en rutas de alta peligrosidad cuando existe la alternativa de un vuelo interno.
De hecho, la seguridad aérea se convirtió en un culto para los jefes de las aerolíneas. La IATA (Asociación Internacional de Transporte Aéreo) coloca regularmente en su lista negra a los transportistas y aeropuertos que no cumplen con sus exigentes estándares. Informados por la avanzada tecnología y sistemas que intervienen en los programas espaciales, quienes controlan la conducta de las compañías aéreas las obligan a cumplir estrictas reglas y normas de seguridad. Y, a diferencia del resbaladizo sistema bancario internacional, no hay dependencia del autocontrol.
Las inspecciones son regulares y despiadadas. Un ingeniero que no está contento con la aeronavegabilidad de un avión, por menor que sea el defecto, puede y va a dejar en tierra esa aeronave. Pese a las presiones comerciales para mantener los vuelos en horarios y la inevitable furia de los pasajeros demorados, no hay peros en seguridad aérea. Si un avión no está en condiciones de volar, se queda en tierra hasta que esté arreglado.
Esta atención exhaustiva a los detalles es lo que hay detrás de la tenaz, y muy costosa, búsqueda de los australianos de los restos del vuelo MH370. Y esto es absolutamente como debe ser.
Fuente: Saudi Gazette



















